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El arcoíris que descendió sobre el Centro Histórico y Quito celebró su primer Holi

Un abrazo simbólico entre naciones: representantes de la comunidad india y asistentes ecuatorianos sostuvieron con orgullo sus respectivas banderas durante el cierre de la jornada cultural en la Biblioteca Nacional. Fotos. Cortesía

El sol de la tarde quiteña se filtró entre los arcos de piedra del edificio de la Biblioteca Nacional «Eugenio Espejo», pero esta vez no iluminó únicamente el rigor de los libros, sino una explosión de polvos fucsias, amarillos y turquesas.

El sábado pasado, el rigor arquitectónico del Centro Histórico de Quito se rindió ante la llegada de la primavera india, transformando un hito cultural en un lienzo vivo de fraternidad.

La Embajada de la India en Quito organizó con éxito esta primera celebración de Holi en la capital ecuatoriana, marcando un hito en el intercambio cultural entre ambas naciones. Los invitados cruzaron el umbral del edificio histórico y se encontraron con una atmósfera que transportó sus sentidos directamente a las calles de Delhi o Vrindavan.

El evento celebró el triunfo del bien sobre el mal, una premisa que sostiene al Holi como uno de los festivales más antiguos y alegres del hinduismo. Tradicionalmente, esta festividad observó la llegada de la luna llena del mes de Phalguna, simbolizando el fin del invierno y el renacimiento de la naturaleza.

Los majestuosos salones de la biblioteca lucieron transformados por diseños de rangoli, esos intrincados patrones geométricos realizados en el suelo con polvos de colores y pétalos de flores. Estas creaciones no fueron solo decorativas; representaron la bienvenida a las deidades y la buena fortuna para todos los presentes.

Más de 200 personas, entre diplomáticos, funcionarios del Gobierno ecuatoriano y miembros de la comunidad india, se congregaron bajo el ritmo hipnótico del dhol. Este tambor de doble parche, colgado al cuello de los músicos, marcó el pulso de la tarde con una energía que hizo vibrar las estructuras de piedra volcánica del recinto.

El aire se saturó rápidamente con el aroma del gulal y el abeer, los polvos finos de colores que los asistentes se frotaron mutuamente en las mejillas. Antiguamente, estos pigmentos se elaboraron con hierbas medicinales como el nim y la cúrcuma para proteger la piel, pero en Quito se convirtieron en el símbolo de una igualdad absoluta donde las jerarquías desaparecieron tras una nube púrpura.

Las danzas indias llenas de vigor físico y elegancia dominaron el centro del salón, mientras los sonidos de los bhajans —cantos devocionales— crearon un contraste espiritual con la euforia del juego. La música folk y el estruendo de la nagada, un timbal de gran tamaño, mantuvieron la intensidad de una celebración que no conoció pausas.

El Encargado de Negocios de la Embajada de la India, el Sr. Lokesh Kumar Meena, tomó la palabra con el rostro todavía manchado por el azul de los festejos. “Desde la apertura de nuestra Embajada Residente en Quito, quedamos abrumados por el calor, el afecto y la hospitalidad del pueblo ecuatoriano”, aseguró con una sonrisa que reflejó la gratitud de su delegación.

Meena explicó que esta primera celebración constituyó un puente cultural necesario para fortalecer los lazos de amistad entre India y Ecuador. Para el diplomático, el evento no fue solo una fiesta, sino una declaración de intenciones diplomáticas basadas en el afecto y el respeto mutuo.

Por su parte, la Sra. Dholi Meena, esposa del Encargado de Negocios, compartió su emoción al ver la acogida de sus tradiciones tan lejos de casa. “Fue motivo de inmenso orgullo y alegría celebrar Holi aquí, a más de 16.000 kilómetros de distancia de la India”, comentó mientras observaba a niños ecuatorianos jugar con los polvos de colores.

“Ver cómo los colores y la felicidad de este festival unieron a personas de diferentes culturas en la generosa tierra de Ecuador resultó verdaderamente inspirador”, añadió la Sra. Meena. Su testimonio subrayó la esencia del Holi: una festividad que ya trascendió las fronteras religiosas para volverse un lenguaje universal de amor y armonía.

La gastronomía india también reclamó su protagonismo con un banquete que deleitó a los asistentes con sabores especiados y dulces tradicionales. El aroma del cardamomo y el azafrán inundó los pasillos, ofreciendo un refugio de sabor para quienes hicieron una pausa en el baile.

Muchos invitados ecuatorianos expresaron su asombro ante el significado espiritual de cada gesto, como el de tocar los pies de los mayores antes de marcar sus rostros con color. Este respeto por la tradición convivió con la modernidad de una comunidad india que buscó integrarse plenamente en la vida social de la capital.

El Encargado de Negocios de la India, Sr. Lokesh Kumar Meena, junto a su esposa, la Sra. Dholi Meena, y miembros de la delegación diplomática, recibieron a los invitados -entre ellos, el Embajador de Japón- en el umbral decorado con motivos tradicionales indios.

“Nunca imaginé que el Centro Histórico de mi ciudad se viera así, tan lleno de vida y de una alegría tan contagiosa”, comentó una de las asistentes locales mientras se sacudía el polvo verde de su chaqueta. El sentimiento fue unánime entre los presentes: el Holi trajo una luz distinta a la nublada tarde de Quito.

Los expertos en cultura india presentes explicaron que el uso del color tiene también un efecto psicológico, pues ayuda a las personas a liberar tensiones y a reconciliarse con sus enemigos. En Quito, esa reconciliación se tradujo en abrazos entre desconocidos que compartieron la misma nube de gulal.

La arquitectura neoclásica de la biblioteca funcionó como el marco perfecto para este choque cultural, donde lo antiguo de la estructura se mezcló con lo vibrante de una tradición milenaria. Los globos y las flores brillantes colgaron de las columnas, borrando por unas horas la sobriedad habitual del lugar.

El éxito del evento sugirió que esta podría ser solo la primera de muchas celebraciones futuras en la capital ecuatoriana. La comunidad india residente, aunque pequeña en comparación con otras diásporas, demostró una capacidad organizativa que dejó una huella profunda en los asistentes.

Al final de la jornada, la ropa de los invitados quedó teñida de un gris multicolor, mezcla de todos los tonos que volaron por el aire durante horas. Era la prueba física de que el mensaje de unión había calado hondo entre los más de 200 participantes.

Los funcionarios gubernamentales presentes destacaron que eventos de esta naturaleza son pasos firmes hacia una cooperación que va más allá de lo económico. El intercambio cultural, según manifestaron, es la base sobre la cual se construyen los acuerdos de larga duración.

Quito fue, por un día, una extensión de las orillas del Ganges, demostrando que la distancia geográfica es irrelevante cuando la alegría es el motor del encuentro. La capital ecuatoriana amaneció al día siguiente con rastros de colores en sus calles, como el eco de una fiesta que unió dos mundos.

El primer Holi en Quito terminó no solo con un balance positivo en términos de asistencia, sino con la siembra de una amistad binacional que prometió florecer con la misma fuerza que los colores que tiñeron la tarde. (I)

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