
Perfección. En una sola palabra se puede resumir la maestría escénica con la que Miguel Bosé cautivó a Quito. La puntualidad europea fue la primera muestra de respeto hacia una audiencia que aguardó con ansias el regreso del español.
El Coliseo General Rumiñahui se transformó en un templo de memorias, donde la impecable producción de Top Shows permitió que cada nota brillara con nitidez quirúrgica.
La organización fue, sencillamente, de nivel internacional. A las 20:10, el ambiente se cargó de electricidad. Bosé irrumpió con un vestuario impoluto, desatando un griterío que evocaba los días de gloria en los ochenta.
Su sola presencia física confirmó que, tras casi 50 años de trayectoria, su arrastre popular permanece intacto. El concepto escénico se alejó de los artificios superfluos para centrarse en una narrativa potente.
La banda, compuesta exclusivamente por ocho músicos varones, fue presentada con una elegancia que rozaba la aristocracia. Se trataba de un despliegue de testosterona bien entendida.
Cuatro coristas varones acompañaron al maestro, dotando a temas como ‘Este mundo va’ y ‘Don Diablo’ de una textura vocal inusual. En las versiones originales, los coros predominan voces femeninas, pero esta ocasión, los tonos graves y masculinos otorgaron una nueva dimensión a los clásicos.
Bosé, lejos de la decadencia, demostró estar en plenitud física y vocal, un milagro tras años de batalla contra la afonía. El repertorio fue un ejercicio de equilibrio absoluto. Se estructuró como una cronología emocional diseñada para satisfacer tanto al romántico empedernido como al seguidor de himnos pop.
La apertura fue contundente con el Intro ‘Importante’ y ‘Mirarte’, marcando el pulso de una noche que no daría tregua. ‘Duende’ y ‘El hijo del Capitán Trueno’ siguieron, consolidando la comunión. Bosé se movía por el escenario con la seguridad de quien conoce cada centímetro de su historia.
Sus gestos eran una invitación al viaje, un «viaje» cargado a los recuerdos, como él mismo lo definió. La audiencia, educada y fervorosa, se fusionó con el ánimo del artista. Había una comunión extraña, casi sagrada, entre el escenario y la grada.
Al llegar a ‘Nena’, el coliseo era un solo pulmón. El sonido era envolvente, una caricia tecnológica que envolvía a miles en la misma nostalgia. Tras una breve pausa para dirigirse al público, Bosé retomó con ‘Aire Soy’ y ‘Bambú’.
La calidad vocal dejó a muchos boquiabiertos. El artista se veía renovado, vital. Sus palabras de bienvenida recordaron que «eso es lo maravilloso de la música«. ‘Sereno’ y ‘Solo sí’ conformaron un bloque donde la introspección tomó el mando.
El público escuchaba cada palabra como si fuera un evangelio. ‘Hacer por hacer’ y ‘Como un lobo’ encendieron nuevamente la mecha de la euforia. La energía del artista era inagotable.
El artista expresó su rechazo a las guerras
Fue entonces cuando llegó la pausa para la reflexión. Bosé se tomó un momento para lanzar una declaración de principios que resonó en todo el recinto. Su postura fue clara y visceral: un rechazo absoluto al «negocio de la guerra». El público respaldó su cruzada, uniendo fuerzas en un mantra de paz.
«Estoy harto», exclamó al referirse a la muerte y el dolor que inundan el mundo actual. No ahorró críticas hacia la ineficiencia de las Naciones Unidas. Calificó a dicha institución de “una mierda”, «absurda, obsoleta e inútil», desatando aplausos sonoros. Fue un momento crudo, donde la estrella pop desapareció para dar paso al hombre con conciencia.
Tras ese torbellino verbal, ‘Nada Particular’ sonó como un bálsamo. La canción sirvió como mantra mientras Bosé cantaba sobre la libertad. «Es el derecho humano universal a vivir en paz», enfatizó con vehemencia.
La música, una vez más, cumplía su propósito de fijar situaciones y lugares en nuestra memoria. Después de Tránsito Rojo, un cambio de ambiente total se apoderó del recinto. Las luces bajaron, dando paso a una atmósfera cargada de intimidad.
El español reapareció enfundado en un traje rojo intenso, coronado por una capa de 15 metros que se fundía con su gabardina, una imagen que recordaba la majestuosidad de la alta costura. En ese momento, con la elegancia que lo caracteriza, se refirió a Ecuador. Habló de las rosas ecuatorianas, considerándolas «las mejores del mundo», un gesto que hizo vibrar al público.
‘Olvídame tú’ marcó el inicio de esta seguidilla de baladas. El peak de comunión llegó con ‘Amiga’, dedicada a quienes han partido. El mensaje sobre no intentar rellenar los vacíos con otras personas caló hondo. Fue una versión desnuda, sin adornos, demostrando el estado de su instrumento vocal. ‘Creo en ti’ y ‘Partisano’ mantuvieron la temperatura emocional en un punto alto.
El público vivía cada segundo como si fuera el último. A pesar de la generosidad del setlist, los fans se quedaron “picados”. “Quería que cantara Gulliver», comentó Johanna Tapia, de 44 años. Desde Ambato llegó Rodrigo Chávez, de 48 años, quien añadió: «Le faltó ‘Te Diré’», añadió otro espectador.
Es la prueba de que Bosé tiene tantas canciones que muchas, inevitablemente, quedan fuera. El tramo final fue un karaoke masivo con clásicos que han permanecido inalterables. Y puede que y ‘Morena mía’ desataron la locura colectiva. ‘Si tú no vuelves’, ‘Bandido’ consolidaron el repertorio.
La banda no cedía un ápice en intensidad. El público, desbordado, no quería soltar al artista. Lo hicieron regresar tras la salida protocolaria, exigiendo más. Fue ahí, en el momento del reencuentro, cuando lanzó su discurso antes de ‘Por ti’. Un llamado a tener el valor de mirar a la cara a quien amamos. «Todo lo que soy lo soy por ti», susurró antes de la explosión final.
Bosé, -quien cumplirá 69 años el próximo 3 de abril-, demostró que su camino aún tiene horizontes por conquistar. El «Importante Tour» continúa su marcha implacable.
Tras su paso por Quito, el español se dirige a Bogotá este 11 de marzo. Posteriormente, el 14 de marzo, llegará a Medellín para un reencuentro muy esperado en La Macarena. La gira no detiene su ritmo. Es, sin duda, la celebración de un sobreviviente de la música que ha decidido volver a casa. (I)