martes, marzo 10, 2026
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El campo ecuatoriano tiene rostro de mujer con más de 81.000 protagonistas

Mónica Quitio, oriunda de la provincia de Chimborazo, recordaba con nitidez los días en que producir la tierra era una lucha solitaria y sin garantías. Integrante de la Asociación de Mujeres San Isidro, Mónica relataba ante los presentes cómo el apoyo técnico transformó su realidad. Para ella, los beneficios recibidos se tradujeron en una mejora directa de la calidad de sus cultivos y en la apertura de nuevas oportunidades.

Gracias a este acompañamiento, Mónica logró concretar acuerdos de comercialización que antes parecían lejanos. Sus productos ahora llegan a las perchas de la Corporación La Favorita, eliminando las barreras que suelen frenar al pequeño productor. “Estamos recibiendo apoyo mediante la dotación de kits, créditos y maquinaria agrícola”, afirmaba con convicción durante el encuentro realizado en la capital.

En el norte del país, en la provincia de Imbabura, Alejandra Moreno compartía una visión similar desde su experiencia en la Asociación Llacta Pura. Para ella, contar con el Registro de la Agricultura Familiar Campesina (AFC) fue el paso que finalmente le permitió identificarse legalmente como agricultora. Esta acreditación le facilita el acceso a beneficios y la posibilidad de comercializar sus productos de forma directa.

Alejandra destacaba que el respaldo institucional llegó tanto en forma de insumos como en la transferencia de conocimientos técnicos. Sus palabras resonaban en el auditorio al hablar sobre la importancia de la labor que realizan en el campo para alimentar a las ciudades. Moreno se mostraba visiblemente conmovida por el reconocimiento a la tarea diaria que desempeñan las mujeres en la ruralidad.

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Desde Esmeraldas, Yoisy Lara Nazareno traía consigo el aroma del cacao, el plátano y el coco que cultiva en el cantón San Lorenzo. El Registro AFC fue para ella la herramienta que facilitó el acceso a financiamiento crediticio. Gracias a este registro, pudo obtener un crédito de la línea 7X7 para potenciar e incrementar sus hectáreas de cultivo.

Yoisy no solo utilizó el capital para su producción, sino que se sumergió en un proceso de formación continua. Aprendió sobre conservación de suelos, manejo de cultivos e implementación de fincas integrales, técnicas vitales para la sostenibilidad. Además, su capacitación incluyó orientación en liderazgo para motivar a otras mujeres a emprender en sus comunidades.

Este liderazgo femenino busca fortalecer la participación económica en cada rincón del territorio ecuatoriano. Las historias de Mónica, Alejandra y Yoisy se entrelazaron durante la jornada como ejemplos de una transformación técnica en marcha. Todas coincidían en que el fortalecimiento organizativo ha sido la base para resolver conflictos y mejorar la llegada a los mercados.

Un motor productivo que impulsa la sostenibilidad

Las cifras presentadas durante el evento en Quito revelaron la magnitud del impacto femenino en el sector agropecuario. Actualmente, 74.296 mujeres ya cuentan con el Registro de la Agricultura Familiar Campesina a escala nacional. Este número forma parte de las más de 81.000 beneficiarias que han fortalecido su producción bajo la Estrategia Nacional Agropecuaria.

La inclusión financiera ha sido uno de los pilares para el crecimiento del sector en los últimos meses. Un total de 2.795 mujeres rurales accedieron a créditos, lo que representa el 44% de las colocaciones totales de la línea específica. El monto destinado a estos proyectos productivos alcanzó la cifra de 29.445.176 dólares.

La capacitación técnica también mostró indicadores significativos para el futuro de la producción agroecológica. Un grupo de 10.792 mujeres recibió formación en producción sostenible para el manejo responsable de los recursos. Asimismo, 6.531 productoras ya implementan sistemas agroforestales y crianzas sostenibles en sus territorios.

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El resguardo frente a los riesgos climáticos y fitosanitarios fue otra prioridad detallada en el espacio de rendición de cuentas. Exactamente 26.954 mujeres contaron con el respaldo de un seguro agrícola que protegió sus inversiones. Esta medida brindó seguridad técnica sobre un total de 56.252 hectáreas de diversos cultivos en el país.

Para hacer viable esta cobertura, se destinó una inversión de 1,9 millones de dólares en subvenciones. Este aporte cubrió el 60% de la prima neta del seguro, facilitando que las pequeñas productoras no pierdan su sustento ante desastres naturales. Es una red de protección técnica diseñada para dar estabilidad a la economía de las familias campesinas.

A las mujeres registradas se suman otras 7.000 beneficiarias de servicios técnicos especializados del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca. Desde la apicultura hasta la conservación de semillas, el abanico de apoyo ha sido diverso y enfocado en la autonomía económica. El objetivo de estas acciones es visibilizar y mejorar las condiciones de trabajo de la mujer en el campo.

El Ministro de Agricultura, Ganadería y Pesca presidió el diálogo, resaltando que el 2026 es un año clave para el sector. Durante su intervención, recordó que la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró este periodo como el Año Internacional de la Mujer Agricultora. El funcionario destacó que este hito global permite poner en el centro del debate las necesidades de las productoras.

Para la cartera de Estado, la estrategia implementada busca fortalecer la resiliencia frente al riesgo climático. Señaló que las mujeres rurales son actoras clave para la sostenibilidad de los sistemas agroalimentarios del país. El ministro enfatizó en la necesidad de continuar con la asistencia técnica para el manejo y la conservación de semillas ancestrales.

El evento, denominado “Diálogo Nacional de Mujeres Rurales”, se consolidó como un espacio participativo de intercambio. El ministro escuchó los avances y retos planteados por las delegaciones de diversas provincias para la próxima década. El encuentro cerró con la mirada puesta en el horizonte del 2034, buscando consolidar el liderazgo productivo femenino.

Un ambiente de intercambio y tradición ancestral

El Auditorio Leónidas Proaño lucía una atmósfera de respeto y cercanía durante el desarrollo de la jornada. Las autoridades recibieron a las productoras en un espacio diseñado para el diálogo horizontal y la escucha activa. La disposición del recinto permitía que los testimonios de las mujeres fueran el eje central de toda la programación.

En el centro del salón, una impresionante alfombra de flores y frutos captaba la atención de los presentes. Pétalos de rosas rojas y blancas rodeaban piñas, mazorcas de maíz y diversas semillas que representaban la cosecha del campo. Este altar simbólico funcionaba como un recordatorio visual de la agrobiodiversidad que las mujeres rurales protegen cada día.

Uno de los momentos más profundos fue la ceremonia realizada frente a la ofrenda circular en el piso del auditorio. Una productora mayor, utilizando vestimenta tradicional, se inclinó para realizar un acto simbólico de agradecimiento a la tierra. Con un elemento en sus manos, dirigió un mensaje de respeto a la naturaleza mientras las demás asistentes acompañaban el ritual en silencio.

El contraste entre los trajes oscuros de los técnicos y las coloridas vestimentas de las asociaciones era evidente y enriquecedor. Se observaban sombreros tradicionales de diversas zonas, pañuelos bordados y collares que marcaban la identidad cultural de cada provincia. Esta diversidad es el reflejo de las miles de mujeres que hoy lideran la transición hacia modelos productivos sostenibles.

Varias asistentes llevaban consigo muestras de sus emprendimientos, desde granos hasta productos procesados de sus fincas. Estos elementos evidenciaban la aplicación práctica de las capacitaciones recibidas en manejo de cultivos y comercialización. El orgullo de mostrar el fruto de su trabajo se sentía en cada intervención y conversación informal.

En las paredes del auditorio, la frase «Nuestra voz en los avances y retos hacia el 2034» marcaba la pauta de la visión a largo plazo. Las mujeres intercambiaban contactos y experiencias sobre la implementación de sistemas agroforestales en sus comunidades. La jornada no fue solo una entrega de datos, sino un tejido de relaciones entre productoras de la Costa y la Sierra.

El cierre del encuentro estuvo marcado por el compromiso de seguir fortaleciendo la participación económica femenina. Las mujeres regresaron a sus provincias con la información necesaria para acceder a nuevos circuitos de comercialización. El diálogo terminó como empezó: con el reconocimiento de que la seguridad alimentaria descansa sobre los hombros de las agricultoras. (I)

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