viernes, octubre 16, 2026
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El océano cambia y las ballenas azules ajustan su ruta en Galápagos

Un grupo de delfines nada cerca de la superficie en aguas del Pacífico. La imagen muestra otros cetáceos de la zona, no las ballenas azules buscadas por los investigadores. Fotos: Cortesía Universidad San Francisco

Durante nueve meses, investigadores buscaron ballenas azules en aguas de Galápagos. Recorrieron lugares donde estos animales ya habían sido vistos, pero no encontraron ninguno durante la expedición.

La búsqueda se realizó entre octubre de 2025 y julio de 2026, alrededor de San Cristóbal, Isabela, Fernandina y Santiago. El Canal Bolívar, conocido por sus registros de ballenas y su riqueza marina, fue uno de los sitios observados.

El equipo quería colocar transmisores satelitales a las ballenas. Esos dispositivos permiten seguir sus desplazamientos y conocer mejor por dónde viajan. Sin embargo, no hubo ejemplares a los cuales colocarles los transmisores. La expedición terminó sin avistamientos de ballenas azules.

Eso no significa que hayan dejado de visitar Galápagos. A comienzos de septiembre, después de la búsqueda, una ballena adulta y su cría fueron observadas en Punta Pitt, en San Cristóbal.

El registro lo hicieron la guía naturalista Isis Lara y el capitán Edwin Buenaño, como parte de la red de ciencia ciudadana Cetácea Galápagos.

Los dos datos pueden parecer contradictorios: los científicos buscaron durante meses y no las vieron, pero luego apareció una madre con su cría. En realidad, muestran que estos animales pueden estar en un sitio y no en otro, o pasar por una zona en momentos distintos.

Por eso, la pregunta no es solo dónde están las ballenas. También importa qué está pasando con el mar que les ofrece alimento y condiciones para recorrer sus rutas.

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La expedición ocurrió mientras Ecuador se preparaba para posibles efectos de El Niño. A finales de agosto, el país declaró Alerta Roja ante los riesgos asociados con este fenómeno.

El Niño es un cambio periódico en la relación entre el océano y la atmósfera. La NOAA explica que, en condiciones normales, los vientos alisios empujan las aguas cálidas hacia el oeste del Pacífico; cuando se debilitan, más agua caliente se desplaza hacia el este.

El océano cambia por dentro

Integrantes del equipo y la tripulación a bordo de la embarcación utilizada en el trabajo de campo. La expedición también tomó mediciones de temperatura y muestras de plancton.

En un año normal, los vientos ayudan a que suba desde las profundidades agua más fría, con nutrientes que alimentan a organismos pequeños como el plancton. Ese proceso se conoce como afloramiento.

Cuando se calienta el Pacífico, ese movimiento puede debilitarse. Si llega menos agua fría y nutritiva a la superficie, pueden cambiar los lugares donde se concentra el alimento de peces y otros animales marinos.

Es como si el océano moviera las mesas de una gran despensa. La comida no desaparece necesariamente, pero puede quedar en otro sitio o a otra profundidad. Las mediciones de la expedición mostraron que el agua alrededor de Galápagos estaba más caliente de lo habitual para la época.

En la superficie se registraron temperaturas de entre 25,52 y 27,56 grados centígrados. Durante la temporada fría, que va de junio a noviembre, suelen estar entre 19 y 24 grados en el centro y el este del archipiélago.

En el sector occidental, incluidos los canales Bolívar y Fernandina, lo habitual para esa temporada es que la superficie se encuentre entre 16 y 22 grados. A cien metros de profundidad, los investigadores midieron entre 19,11 y 19,67 grados. También observaron que las capas de temperatura estaban a una profundidad distinta a la acostumbrada.

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Una forma de entenderlo es imaginar el mar como una torta formada por capas de agua, unas más tibias y otras más frías. La profundidad a la que aparece cada capa puede cambiar. La capa de 20 grados, que en esa zona suele estar entre los 20 y los 45 metros, apareció entre los 78 y los 96 metros durante las mediciones.

Además, el equipo identificó que la franja de temperatura asociada con la alimentación de las ballenas estaba cerca de los 60 metros, mientras el alimento se concentraba a otra profundidad. Para un animal que busca comida, esa diferencia importa. No basta con que haya alimento: también debe encontrarlo en condiciones y lugares que pueda aprovechar.

El equipo registró asimismo niveles del mar de hasta unos 40 centímetros por encima de los valores habituales en algunas estaciones costeras e insulares. Esa variación fue reportada durante el mismo periodo de cambios oceánicos.

Estos datos ayudan a describir lo que ocurrió durante la expedición. Por sí solos, sin embargo, no demuestran que El Niño haya causado la ausencia de ballenas.

Una ruta que todavía se está descubriendo

Investigadores recorren las aguas de Galápagos durante una expedición que buscó ballenas azules y registró las condiciones del océano.

Las ballenas azules no permanecen en un solo lugar. Se desplazan miles de kilómetros para alimentarse, reproducirse y cuidar a sus crías.

En el Pacífico oriental, parte de la población que se alimenta en aguas de Chile se mueve hacia Perú y Ecuador. Los investigadores todavía conocen poco sobre algunos tramos de ese recorrido.

Galápagos es una zona donde se han registrado ballenas azules. En 2025, mediante un protocolo mensual de observación, se contaron 45 avistamientos.

Agosto concentró la mayor proporción de esos registros. La temporada de 2026 todavía no había terminado cuando los investigadores compartieron los resultados de la expedición.

Por eso, la búsqueda entre octubre y julio no permite concluir que las ballenas ya no llegan al archipiélago. Tampoco basta para afirmar que cambiaron para siempre su ruta migratoria.

Daniela Alarcón, líder científica de la expedición e investigadora de la Universidad San Francisco de Quito y del Galápagos Science Center, señaló que no encontrar ballenas durante una búsqueda intensiva no significa que hayan dejado de llegar.

La observación de una adulta con su cría en Punta Pitt refuerza esa cautela. Una expedición puede no encontrarlas en sus recorridos y, aun así, otros observadores pueden registrarlas después en otro punto. Seguir esos movimientos permitirá comprender mejor cuándo pasan por Galápagos y qué condiciones del mar coinciden con su presencia.

También puede ayudar a proteger la ruta completa. WWF advierte que las ballenas enfrentan riesgos como choques con embarcaciones, interacciones con pesquerías, contaminación y ruido submarino.

La investigación busca aportar información para conservar los lugares que conectan sus zonas de alimentación y desplazamiento. Para saber por dónde viajan, los científicos necesitan continuar observándolas junto con los cambios del océano. (I)

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