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Tambores sonoros para Jorge Velasco Mackenzie

Pablo Salgado periodista y es escritor
Pablo Salgado periodista y es escritor

Por Pablo Salgado J.

Jorge Velasco Mackenzie es, sin duda, Guayaquil. Y su novela “El rincón de los justos”, es la que de mejor manera describe la marginalidad de esa ciudad-puerto; bullanguera y abierta, pero al mismo tiempo opresora y oscura. Es la novela que logró acercarse a ese Guayaquil de los setenta y ochenta, que ya no existe más. Pero la obra literaria de Jorge Velasco Mackenzie no solo es Guayaquil. No solo es “El rincón de los justos.” Es su obra más conocida, pero no la única. Por el contrario, son 25 libros publicados, entre novelas, cuentos, teatro e incluso poesía.

Así lo señala el escritor Raúl Vallejo: “A veces por pereza mental y académica no se habla de las otras novelas; es muy fácil llegar a convertir a “El rincón de los justos” en un lugar común de nuestra literatura. La obra literaria de Jorge Velasco no se limita a “El Rincón de los justos,” hay una veta de literatura histórica muy importante. “En nombre de un amor imaginario” y “Tambores para una canción perdida” son dos novelas que permiten entender la construcción de una nación. Si “El rincón de los justos” permite entender a una ciudad, “En nombre de un amor imaginario”  permite entender esa metáfora en la construcción de un país que también está construido sobre  el nombre de una linea imaginaria.”

Vallejo tiene toda la razón. Velasco no es autor de una sola obra, y no podemos encasillarlo en esa línea. Pero es cierto que “El rincón de los justos” es su libro más conocido e incluso el que se lee en los programas del Ministerio de Educación. Y en las universidades. Por ello, le pregunto, ¿cuál es la razón fundamental para el éxito de “El Rincón de los justos”?: “La gran transformación que logró Velasco con el lenguaje, es lo que la convierte en una gran novela de la historia de la literatura ecuatoriana. Logra hacer de la lengua popular una lengua literaria. No es la transposición del habla, como en los 30, sino que es la elaboración de esa habla para convertirla en lenguaje literario.”

Raúl Vallejo se emociona cuando se refiere a la obra de Velasco Mackenzie. Y con razón: “Tambores para una canción perdida” es la construccion de un cimarrón que no se ha enterado que la manumisión de los esclavos y sigue huyendo durante años.

Y tiene otra veta que digamos es la trilogía de Guayaquil: “El rincón de los justos,” “El río de sombra,” que es una novela apocalíptica que va mas allá de Matavilela, con un lenguaje poético enorme. Y la novela de los artistas y escritores, y policial, “Tatuaje de náufragos”. Por favor, se sigue repitiendo los lugares comunes y no se amplía la visión de un autor, incluso con sus libros de cuentos.”

Jorge Velasco Mackenzie falleció el pasado 25 de septiembre, luego de haber sufrido, en julio, un infarto cardiovascular. A pesar de ser uno de nuestros más reconocidos escritores, su familia debió realizar un pedido público de apoyo para sufragar los costos médicos. Es un hecho que, lamentablemente, forma ya parte de nuestra cotidianidad. Artistas y creadores sin acceso a seguro social; abandonados y desprotegidos por un Estado indolente. Es nuestra triste y dura realidad. Sin embargo, su hija Cristina solo tiene palabras de agradecimiento para todos quienes apoyaron a su padre: “Estoy muy conmovida por toda las muestras de cariño. Mensajes y llamadas que me han emocionado.”  

Jorge Eduardo Velasco Mackenzie nació en Guayaquil, en 1949. Su primer cuento lo publicó en Quito, en la revista La Bufanda del Sol y se titulaba “Aeropuerto.” Se graduó de licenciado en Letras en la Universidad de Guayaquil. Cuando joven dudaba entre las artes plásticas y la literatura. Finalmente pudo más su pasión por escribir, aunque paralelamente ejerció la crítica de arte e incluso la curaduría en el Museo Municipal.  Su primer libro, “De vuelta al paraíso,” lo publicó en la editorial de la Casa de la Cultura. Y desde entonces, construyó una carrera literaria vasta y continua, acompañada por premios locales y nacionales. 

Raúl Vallejo, a sus 17 años, cursaba el útlimo año del colegio cuando conoció a Jorge Velasco. Raúl tenía un libro de cuentos y se lo pasó para que lo leyera y le hiciera recomendaciones. Jorge, con generosidad, lo leyó y le dijo: “de los 30 cuentos, vamos a desechar 15, y los otros 15 vamos a trabajarlos.”  Y así fue. Raúl lo recuerda: “Así salió ese primer libro mío llamado “Cuento, cuenta cuentos.”  Y no solo eso, sino que él diseñó la portada, y escribió la contraportada, con una ilustración de León Ricaurte, a cambio de una cajetilla de Chesterfield. Una portada con tres gatos, porque estaba en esos días por publicar su libro “Como gato en tempestad.” Siempre fue muy generoso, y además me prestaba los libros que me recomendaba leer.”

Así era Jorge, generoso y abierto. Muy cercano y leal con sus amigos, lince para una conversa. Y para una cerveza. Pero ¿cómo era como padre? Su hija Cristina lo recuerda: “Siempre fue muy amoroso, y era mi guía. A los 16 años me dejaba notitas: “Lee este libro, a mi regreso conversamos”. Me dejaba tareas. Fue el maestro que me mostraba el camino. Y el crítico de lo que no debía hacer, nos enseñaba por donde no teníamos que ir. También lo recuerdo como una persona llena de buen humor. Siempre les ponía apodos a mis novios, me decía que era para “agarrarles cariño”. Toda la gente del barrio lo conocía, hablaba con todos, y todos lo saludaban. Era el Guayaquil verdadero. Y todos ellos eran los personajes de sus novelas, por ello eran tan convincentes.  Para protegerme no quería que yo estudiara literatura, “porque de la literatura no se puede vivir.”  Después entendí ese deseo de protegerme por las vicisitudes que él como escritor tuvo que pasar.”

Jorge quería ser un gran beisbolista. Amaba el béisbol. Y detestaba el fútbol. Jugaba de tercera base. “De niño, acudía al diamante Yeyo Uraga a recoger las pelotas que salían del estadio. Y volvía a casa feliz con su pelota de béisbol. Luego, ya adolescente, con una pelota podía entrar al estadio,” nos cuenta Cristina.  Jorge, como no podía ser de otra manera, quería que su hijo Jorge Alfredo fuera también beisbolista: “Me inculcó el beisbol. Mi padre jugó en Emelec. Yo debía recorrer toda la ciudad para jugar béisbol. Pero a la noche, cuando mi padre llegaba, en el garaje de la casa de al lado, nos poníamos a lanzar. Además, veíamos juntos, en televisión, los partidos de la serie mundial.”   

Esa pasión por el béisbol también se reflejó en su literatura, tal como afirma Raúl Vallejo: “En el libro “Músicos y amaneceres,” premio José de la Cuadra, hay un cuento titulado “Último innig,” en donde de manera magistral está marcada la confrontación entre un obrero y sus jefes, combina muy bien el enfrentamiento en el partido y la lucha de clases.”  El propio Jorge Velasco aseguraba: “La confrontación pueblo-poder-arte está en mi literatura. Al usar de manera adecuada estos elementos se crea una gran obra.”

Jorge no podía vivir en otra ciudad que no fuera su Guayaquil. Por ello, incluso sus viajes de vacaciones eran cortos, aunque una temporada se atrevió a vivir en Galápagos, y al final, en Durán:  “Guayaquil es la única ciudad en donde puedo vivir, sin miedo, sin temores ni presiones,” decía Jorge. El escritor Antonio Correa nos contaba que Jorge Velasco obtuvo una beca de residencia en Barcelona, España, otorgada por el Círculo de Lectores.  Jorge viajó pero se regresó antes de terminar la beca. No pudo más, extrañaba demasiado su ciudad y, aunque Barcelona era entonces el epicentro del boom de la literatura latinoamericana decidió volver: “Extrañaba el aire seco de Guayaquil,  su lavacara de ceviche, su cerveza y la forma de ser de los guayaquileños,” dice su hija Cristina, justificando su regreso. Círculo de Lectores nunca más otorgó una beca de residencia.  

Jorge recorría a pie su barrio, y las calles del centro. En ocasiones iba de la mano de su hija Cristina. Se demoraba porque conversaba con todo el mundo, con todo aquel que se cruzaba en su camino: “Le interesaba sus historias, anotaba en un cuadernillo, escribia a mano, con una pluma super fina y con esa letra temblorosa que tenía. Llegaba a casa y transcribía en la computadora. El barrio y sus habitantes eran la ventana para sus personajes,” cuenta Cristina. Y su hijo Jorge Alfredo nos ratifica ese permanente contacto con la gente del barrio, incluso al protagonista de “Tatuaje de náufragos”, le puso el nombre de Zacarías Lima, que -en verdad- es el nombre de su vecino, el sastre: “Mi padre decía: “las verdaderas ciudades están en los ojos de sus habitantes, lo que puedo hacer es mostrar la urbe como ellos la veían.” A mi padre no lo encontrabas en el Oro verde, sino en el club de trabajadores. No lo encontrabas en el Hillton, sino con su pueblo, junto a su río. Le encantaba irse a meter a la 25, a la cachinería

; ahí estaban sus personajes.”

Ese contacto directo y permanente y ese conocimiento pleno de la forma de ser, de su habla, de su sentir, es lo que permitió a Jorge construir, en “El rincón de los justos,”el barrio “Matavilela” que, con los años, ha trascendido la literatura y se ha convertido en símbolo de  la auténtica guayaquileñidad: “Matavilela es ese microcosmos que representa a ese macrocosmos que es la ciudad,” dice Vallejo. Pero además, Matavilela está en el corazón de ese Guayaquil profano, al punto que incluso otros proyectos culturales llevan su nombre y varios músicos han escrito canciones con sus personajes, como el caso de “La humilde orquesta” y del album Matavilela, de Juan Cevallos.

Jorge trabajó durante muchos años como docente y también como coordinador de talleres literarios en la Universidad de Babahoyo. El mismo Jorge fue uno de los talleristas de Miguel Donoso Pareja, y en ese espacio trabajó su novela “Tambores para una canción perdida”, que obtuvo el premio Grupo de Guayaquil, en 1986.

Jorge Velasco hizo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo del Guayas, su segunda Casa. Acudía a diario a su biblioteca, que tenía una ventana que daba al parque Centenario. Ahí leía y escribía. Y conversaba con sus amigos, la mayoría también artista; pintores y escritores. Por eso, por su cercanía con la Casa, en los últimos años estaba muy preocupado por la ineficiencia institucional cada vez más profunda, y se sentía ofendido por las denuncias de corrupción. Incluso, al final, se decidió a participar en las elecciones para, en conjunto con el historiador Miguel Cantos, conformar una lista que garantice una renovación y transparencia en la conducción de la Casa. Las elecciones se suspendieron y no pudo participar.

Y de la Casa de la Cultura caminaba hasta el famoso Montreal, de Floresmilo  Arcos, un restaurante convertido en bar, en el cual Jorge se reunía con sus amigos artistas a platicar, reír y conspirar. Y además, como el propio Jorge confesaba: “Al Montreal acudía también cuando estaba triste, cuando mis hijos se quedaban de año.” Era su lugar de reunión junto a numerosos amigos que poblaron, convertidos en personajes, la novela “Tatuaje de náufragos”, en la que además ajusta cuentas con sus amigos cercanos y, sobre todo, lejanos. Pero esas jornadas de plática y cerveza se empezaron a prolongar cada vez más. Al punto que la bebida empezó a ganar sus horas y sus días hasta convertirse en una fuerte adicción. De ahí que debió internarse en un centro de desintoxicación. Y este periodo, doloroso y complejo, se convirtió también en una novela testimonial: “La casa del fabulante”.

Jorge Velasco escribió, y leyó, hasta el último día. Por ello, dejó inéditos un libro de cuentos y dos novelas listas para publicar, y una novela por terminar: “Estamos analizando que es lo que vamos hacer con esos libros. Es nuestra responsabilidad decidir y determinar cuál es la mejor opción. Lamentablemente, en este país, los escritores tienen que pagar para publicar. Mi papá sufrió mucho por esto, mas de ocho años que no publicaba y no porque no tuviera un libro, sino porque no había editoriales para publicar. Esto le molestaba mucho, y le preocupó en estos últimos meses,” señala Cristina.

Inconcebible, pero así es el Ecuador. No existen estímulos para el escritor. Y menos hoy, en esta arremetida neoliberal que precariza  aún más el trabajo de los escritores y, en general, de los creadores. Hay recursos para invitar y condecorar, con toda la pompa y todos los honores, a Vargas Llosa pero no para publicar los libros de nuestros autores:  “En este país el escritor debe ser cura, santo y campanero, dice Raúl Vallejo. Y añade: “El escritor es el único que no ha cobrado al momento de publicar un libro; siempre te dicen: “Ud. cobrará cuando se venda su libro.”  No hay en Ecuador una editorial seria que, por ejemplo, adelante al escritor un pago por sus derechos de autor”.

Ojalá, ahora que se escuchan tantos elogios a la obra de Velasco, una editorial independiente o institucional cumpla con el deber de publicar estas obras inéditas. Pero no solo eso, Jorge deja también una biblioteca personal con miles de libros. Todos esperamos que esos libros no se pierdan. Ojalá su biblioteca no se divida y pueda ser un fondo editorial que esté abierta al público: “La Universidad de Austin adquirió el fondo de originales, manuscritos, notas y apuntes de García Márquez, en más de un millón de dólares”, nos recuerda Raúl Vallejo. Efectivamente, lo mismo debería hacer una universidad ecuatoriana; la biblioteca de la Universidad de las Artes, por ejemplo. Ojalá.

Jorge Velasco Mackenzie, El Negro; el amigo de todos. El pana querido. El parcero del alma. Ya no está con nosotros. Pero se quedan sus obras, sus novelas, sus personajes. No habrá mejor forma de recordarlo, y quererlo, que leer su obra. No habrá mejor homenaje que guardarlo y tatuarlo en la memoria. Y hacerlo con afecto y alegría. No será más un náufrago. Ni se perderán las canciones. En todos los rincones sonarán los tambores. Y Jorge, y sus libros, vivirán con nosotros para siempre.

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