martes, enero 20, 2026
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Quito Turismo presenta nuevas rutas para reinventar sus barrios

Clientes de Stratto Café durante una degustación. Fotos: Periodismo Público

Quito Turismo impulsa una nueva ruta urbana que pone en valor espacios de innovación, gastronomía y café en barrios como La Mariscal, Las Casas y La Floresta, donde emprendimientos locales están transformando la experiencia de visita y redefiniendo la forma de recorrer la capital.

La capital ecuatoriana ya no huele solo a piedra mojada y eucalipto. Hoy la ciudad despierta con otros aromas: café recién molido que flota en La Floresta, masa horneada que cruje en La Mariscal, pescado fresco fileteado con precisión en las empinadas calles de Las Casas. Son olores que anuncian un cambio. De la mano de Quito Turismo, la capital se revela como un territorio vivo donde el trabajo, la gastronomía y la experimentación sensorial se cruzan para ofrecer nuevas formas de habitarla.

¿Quiere conocer nuevas rutas para disfrutar de la capital? La mañana comienza en La Mariscal, en un edificio que durante años fue un hotel silencioso.

El antiguo Hotel Sebastián ahora vibra de otra manera. En el Centro de Innovación iQ (Avenida Diego de Almagro y Luis Cordero) no hay recepcionistas ni maletas, sino teclados que no paran y tazas de. La luz entra a raudales por los ventanales mientras decenas de personas trabajan en silencio concentrado.

“Este lugar no es solo un coworking, es un punto de encuentro para que las ideas no se queden en el cajón”, dice Gonzalo Criollo, director de ConQuito, mientras recorre las salas abiertas. Habla de conectividad, de mentorías, de trabajo colaborativo, pero sobre todo de acceso. “Aquí el arriendo no es una barrera. Es una oportunidad”, resume.

Usuarios de los espacios de coworking en una de las salas de iQ.

En una de las mesas, Guadalupe Rivera, usuaria, revisa apuntes junto a sus estudiantes. Encontró en iQ el espacio que no tenía en casa. “Aquí tengo internet estable, seguridad y un ambiente profesional. Mis alumnos sienten que su proyecto es real”, cuenta mientras el sonido de las tijeras se mezcla con el murmullo general. Para ella, trabajar en este espacio cambió la percepción de su emprendimiento.

Patricia Reyes, otra usuaria, lo define sin rodeos: “No es solo un escritorio. Aquí recibí asesorías, capacitación y capital semilla. Pasé de una idea suelta a un negocio que factura”. Afuera, La Mariscal se mueve con su ritmo habitual; adentro, el tiempo parece organizado en bloques de productividad.

En las instalaciones del Centro de Innovacioón iQ también hay espacios de cafetería donde el público puedo adquirir bebidas, dulces y recuerdos.

Pero hay quienes prefieren mezclarse en la urbanidad, acompañados de un sorbo de café. A pocas cuadras, el olor cambia. La tecnología queda atrás y el horno toma protagonismo.

En Santhorno (Wilson E5-29, entre Juan León Mera y Reina Victoria), la masa dorada anuncia que algo importante está ocurriendo. El local, que alguna vez fue un garaje, hoy recibe a comensales que esperan pacientes frente al mostrador. El calor se siente en la piel y en el aire flota una mezcla de mantequilla, especias y trigo tostado.

“Durante la pandemia decidí que el horno no se apagaba”, dice Francisco Larco, fundador del proyecto. “Aquí horneamos audacia”, bromea, mientras muestra a los comensales cómo preparar pinol y máchica, servido con chocolate o con agua aromática como la yerba luisa.

Durante una degustación, los visitantes saborearon máchica con chocolate y yerba luisa.

Lo fascinante del lugar es que los visitantes conocen de cerca la preparación de platos ecuatorianos y los consumen con un sabor diferente, ya que conocen de la historia culinaria y catan nuevos sabores. En este espacio, es común la presencia de visitantes de Estados Unidos y de Europa, quienes descubren nuevas degustaciones.

“Yo vine por curiosidad, pero cada que puedo, venga para servirme empanadas”, dice Ana, una cliente habitual. “No es comida rápida, es comida pensada”. Alrededor, mesas compartidas, risas, dedos manchados de salsa. Santhorno funciona como punto de encuentro: oficinistas, turistas y vecinos se mezclan sin protocolo.

Pero si lo que las personas prefieren platos más actuales que se adentren en la experimentación, la ruta continúa cuesta arriba, hacia el sector de Las Casas. El barrio conserva su aire residencial, pero algo lo transformó. “Antes estas calles se vaciaban temprano”, recuerda doña Carmita, vecina del sector desde hace más de 30 años. “Ahora hay movimiento, hay luz. Se siente más seguro”.

En una barra discreta, Junior Córdova afila un cuchillo japonés con calma en su local Shibumi (Ruiz de Castillla y Lorenzo de Aldana). Aprendió sushi en Dinamarca y decidió traer ese conocimiento a su barrio. “Aquí el protagonista es el pescado ecuatoriano”, dice mientras coloca un nigiri frente al comensal.

El arroz tibio contrasta con la frescura del corte. No hay adornos innecesarios. “El secreto es no forzar el sabor”, explica. “Dejar que el producto hable”. Clientes observan en silencio, casi con respeto.

El Shibumi, el shushi se sirve con pescado ecuatoriano y con salsas de ingredientes frescos.

Si lo que los quiteños prefieren es terminar una tarde con una taza de café, también hay opciones.  En La Floresta, se encuentra Stratto (Vizcaya, y E13-18), un lugar en el que los baristas miden el agua al grado exacto para servir café con olor y textura en diferentes niveles. “Cada grano cuenta una historia”, dice uno de ellos mientras invita a oler la molienda. El aroma recuerda a cacao, frutos rojos, caramelo. El silencio es casi ceremonial.

También hay opciones para las personas que les atraen los sabores más fuertes con aroma a yerbas como el cannabis. A pocas cuadras, se encuentra Xqueje (Pontevedra 24294 y Francisco Salazar), un espacio íntimo donde las mesas se llenan de tazas, chocolates y cócteles de autor. “Queremos que la gente baje el ritmo y se reconecte con los sentidos”, explica Boris Hurtado, uno de sus impulsores. “Trabajamos con plantas y productos locales, desde el café hasta el cacao”.

En Xqueje, los clientes pueden servirse bebidas con cannabis que son preparadas bajo normas de calidad.

Una pareja comenta que llegó por recomendación y se quedó toda la tarde. “Aquí el tiempo se estira”, dice ella, mientras observa las plantas que rodean el espacio.

Cuando cae la noche, Quito se enciende poco a poco. Estos nuevos rincones —coworkings, hornos, barras, cafeterías— no son solo lugares para visitar. Son relatos vivos de una ciudad que decidió reinventarse desde lo cotidiano. Quito ya no solo se recorre: se escucha, se prueba y se comparte. Y en ese gesto íntimo, vuelve a contar su historia con voz propia. (I)

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