jueves, abril 1, 2021
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La Alcaldía de Quito y su gestión cultural

Pablo Salgado periodista y es escritor

Por Pablo Salgado J.* periodista y escritor

El sector de la Cultura en la ciudad de Quito ha sufrido tanto por la crisis económica y la pandemia como por la ineficiente gestión de su Secretaría de cultura. Y más aún ahora salpicada por los ya famosos chats en los celulares de Sebastián Yunda, lo que ha provocado la renuncia de Diego Jara y la remoción de otros funcionarios de la Alcaldía.

Pero más allá de la renuncia del Secretario de Cultura, su salida es apenas la evidencia de la forma en que el Alcalde Yunda, y sus asesores, han manejado la cultura y los patrimonios en la ciudad. Nunca le interesó al Alcalde establecer mínimas líneas de política pública (¿qué será?) y planificar un modelo de gestión para la ciudad; las fundaciones, los centros culturales, el espacio público, las parroquias.

La gestión de la cultura siempre fue concebida por el Alcalde Yunda como una oportunidad para montar espectáculos y tarimas que le permita pagar favores electorales, y ofrecer música, shows y lucecitas de colores a los quiteños y quiteñas. Y nada más. Para ello, la presencia de Diego Jara era ideal; representante y manager de artistas, cercano a los productores y empresarios musicales, y conocedor de cómo montar tarimas y producir espectáculos. Un perfil más que suficiente para tener contentos a los pobladores de la muy noble y muy leal ciudad, como sucedió en la administración del Alcalde anterior.

Con la llegada de un nuevo Alcalde siempre hay expectativas respecto a la cultura, más aún en una ciudad como Quito. Fernando Carrión había anunciado su incorporación al equipo asesor del Alcalde para dedicarse a elaborar un plan de reestructuración administrativa y un Estatuto Autonómico para la ciudad. Así mismo, varios expertos y  expertas académicas asesoran externamente al Alcalde a través de consultorías. Sin embargo, al poco tiempo, con las primeras denuncias de corrupción, Fernando Carrión prefirió retirarse y la posibilidad de un Estatuto Autonómico volvió a esfumarse; eso si, a un costo de más de 300 mil dólares.

Si había aún alguna  expectativa respecto a la cultura, ésta se disolvió cuando se empezaron a ejecutar las primeras acciones y designaciones, algunas de ellas duraron menos de un mes, y quedó en claro que el plan era: shows, tarimas y espectáculos. Y no solo eso, sino que, por si fuera poco, Juan Fernando Velasco fue nombrado Ministro de Cultura y Patrimonio. Así se reconfiguró el tandem: Velasco en el Ministerio y Jara en el Municipio, como en los viejos tiempos cuando eran pareja musical, ya que Diego fue el representante de Juan Fernando.  Pero, como dijo un actor escénico: “maldita suerte, ¡cómo pudo tocarnos los dos al mismo tiempo!”

La pandemia desnudó y dejó en evidencia la nula capacidad del Ministro y el Secretario para gestionar una profunda crisis que ha dejado en la precariedad a la mayoría de actores y gestores culturales. Ningún plan para mitigar esa precariedad y peor para reactivar al sector mas deprimido. Los artistas más vulnerables abandonados a su propia suerte. Y solo con iniciativas propias, enorme dosis de valentía y trabajo, muchos de ellos han logrado resistir y sobrevivir.

Cuando se inauguró la Feria del libro, en el Centro de convenciones Bicentenario, me encontré con Diego Jara, con quien desde hace muchos años hemos mantenido una cordial amistad, y como Diego prefería mantenerse al margen de los protocolos, nos dimos tiempo para una breve conversación: “Con el mismo presupuesto con el que el año pasado organizaban un show, yo organizaré doce shows,” me dijo refiriéndose a las fiestas de Quito.  Esa era su misión, organizar shows , cuantos más, mejor.

Una de las viejas aspiraciones de los artistas y gestores culturales es la expedición de una ordenanza que regule la cultura, sobre todo el acceso a los espacios públicos. Una resolución expedida por el Concejo Metropolitano hace ya 6 años, en la gestión de Mauricio Rodas, y en la cual se encargó su elaboración a la Secretaria de Cultura. Jara convocó a reuniones a ciertos artistas y gestores, un concejal incluso contrató asesores para que se presente un proyecto de ordenanza, pero ni así.  Apenas las reuniones inoficiosas de siempre, ofrecimientos y promesas. Y nada más. La ordenanza sigue esperando.

Tres hechos han marcado la gestión del Alcalde Yunda en cuanto a la cultura: las continuas quejas de los artistas y gestores por la ineficiente gestión; los recortes  presupuestarios; y la ausencia de un plan de mitigación y reactivación económica para el sector cultural.  Como ya dijimos, si bien podría ser un tandem ideal (Velasco-Jara) para producir espectáculos, resultó mortal para responder a las demandas y necesidades del sector cultural frente a la pandemia. Ni el Ministerio ni el Municipio han acudido  al amenos a socorrer a los artistas que al quedarse sin ingresos vivieron, y viven, momentos muy duros y de extrema vulnerabilidad.

Los recortes municipales por la emergencia sanitaria afectó notoriamente a la cultura. Las fundaciones, los centros culturales  y los elencos musicales quedaron durante varios meses impagos. Y esto, a pesar que ya se habían recortado, hasta un 50%, sus salarios. No aguantaron más y salieron a protestar en la Plaza del Teatro y en la Plaza Grande. Los presupuestos no alcanzaban ni para sueldos, peor para inversión. Hoy siguen en las mismas condiciones, sin presupuestos y con sueldos retrasados.

En plena pandemia el Concejo Municipal aprobó un exhorto solicitando al Alcalde Yunda que incluya al sector cultural en el Plan de reactivación económica que debía proponer a los diversos sectores productivos de la ciudad. Pero no. El Alcalde y la Secretaría de cultura nunca elaboraron un plan de reactivación para la cultura. Apenas si, en las fiestas de Quito y en los feriados, volvieron a lo de siempre, contratar productoras para que  subcontraten a los artistas y monten tarimas móviles para conciertos itinerantes en varios puntos de la ciudad.

Las quejas por la marcada y reiterada ineficiencia de la Secretaría de Cultura han sido constantes. Los artistas nunca obtuvieron una respuesta. Por el contrario,  cerraron aún más sus puertas. Ni cuando  se filtró el audio de una reunión, en la cual uno de los directores de la Secretaría, Sebastián Sacoto, en forma prepotente  insultaba a los gestores evidenciando su ignorancia, los artistas fueron escuchados. Y mas bien fue premiado con su traslado al Parque Cumandá. Es la tónica de esta administración, los gerentes y directores van y vienen. Esto, naturalmente, provoca más ineficiencia.

Los presupuestos para activar los diversos espacios siguen ausentes. Y poco importa. Por solo citar un ejemplo, la Secretaria no ha cancelado, desde el año pasado, los irrisorios 5 mil dólares de su cuota anual a Iberbibliotecas. Esto, obviamente, pone en riesgo a los proyectos ganadores del fondo de Iberbibliotecas.  Y la Red Metropolitana de Bibliotecas con casi cero presupuestos para su gestión. Lo mismo sucede con el Archivo Metropolitano de historia que apenas sobrevive en un local incómodo, lo que  pone en riesgo el patrimonio documental de la ciudad. 

¿Será que ésta es una oportuniad para recomponer la Secretaría de cultura, limpiarla y renovarla, y designar un nuevo Secretario con reconocidas capacidades, trayectoria y conocimientos del sector cultural? O ¿seguiremos en lo mismo?

Quito, la capital y patrimonio cultural de la humanidad, no puede seguir sumida en las sombras de las permanentes denuncias de corrupción, de ineficiencia y de malos manejos de sus recursos. Quito no merece autoridades que velen por sus intereses personales y corporativos y no por el bienestar de sus habitantes. Quito necesita transparencia, honestidad y eficiencia. Quito es una de las ciudades más golpeadas por la crisis económica y la pandemia. Quito tiene los mayores índices de pobreza e inseguridad. Por ello, necesita soluciones y propuestas efectivas y  eficaces. Y transparentes. Quito y sus artistas necesitan fuentes de empleo, reactivar los espacios culturales y volver a ser una ciudad culturalmente activa y dinámica; amable, segura y acogedora.

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