sábado, febrero 27, 2021
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Precariedad y pobreza extrema en el arte

Pablo Salgado

Periodista y escritor.

El deterioro en la calidad de vida de los ecuatorianos es evidente. Y no solo por la pandemia, sino por la crisis económica inducida por el gobierno de Lenín Moreno.  El aumento en los índices de desempleo, de trabajo informal, de trabajo infantil, del abandono escolar, de las cifras de feminicidios, de suicidios y el deterioro constante de los servicios públicos hace que la mayoría de ecuatorianos sufran en carne propia una permanente y penosa precariedad.

Este deterioro y precariedad se reflejan aún más en el sector cultural. Un sector que padecía ya las consecuencias de un modelo neoliberal excluyente y generador de pobreza. Las cifras son elocuentes y, sobre todo, dolorosas: el 71% de los artistas y gestores culturales encuestados no tiene ingresos económicos estables; solo el 50% tiene ingresos todos los meses. El 59% de los artistas y gestores no tiene acceso a un seguro social. 1 de cada 3 artistas tiene ingresos inferiores al salario básico.  El 59% de los encuestados no tienen capacidad de ahorro ni pueden cumplir con pagos del seguro voluntario. El 89% de los artistas asegura que perdieron sus ingresos.  Y el 72% de los gestores culturales afirma que las pérdidas sufridas durante la pandemia son definitivas.  Estas cifras volvieron a presentarse en el Encuentro Iberoamericano Arte, cultura y trabajo, organizado por Arte Actual, de FLACSO, y son el resultado de una encuesta realizada por el Instituto Latinoamericano de investigación en artes, ILIA, de la Universidad de las Artes.   

Esta situación que revela el abandono en el cual se debaten los artistas y gestores en el Ecuador, no ha tenido una respuesta eficaz desde el Estado y, lo que es peor tampoco de la sociedad. En varios países de Europa se entendió que la cultura es un bien esencial y se emitieron una serie de ayudas económias, subvenciones y exoneraciones fiscales, que permite a los artistas sobrevivir, al menos, en condiciones dignas, puesto que los espacios culturales permanecen cerrados o se encuentran con aforo reducido.

En el caso de Ecuador, el propio exministro de Cultura, Juan Fernando Velasco, incumplió sus ofrecimientos -bonos y pagos mínimos por conciertos en línea- y se emitió un mal llamado Plan de contingenia, con créditos en la banca pública y los consabidos fondos concursables, que llegan a un reducido número de gestores culturales.

A la especialista en Economía de la cultura Gabriela Montalvo, le parece inconcebible que se propongan créditos como una medida de contingencia. Y tiene razón, es sencillamente absurdo. Pero, como sabemos, la gestión del presidente Moreno y del ex ministro Velasco, está plagada de absurdos.

Pero frente a esa penosa realidad, vale la pena destacar las propuestas que se plantearon en el marco del Encuentro Arte, cultura y economía: “son propuestas que abordan y problematizan los trabajos feminizados del arte y su vulnerabilidad, pero también su potencia y capacidad de transformación. La residencia por su parte se concibe como un espacio de formación colectiva que permita generar productos críticos que aborden las tensiones entre arte, economía y cuidados,” nos dice la directora de Arte Actual, Paulina León.

Durante el Encuentro, lo fundamental fue el cuestionamiento que se realizó a las constantes exigencias de productividad a la que nos han sometido, intensificadas con el pretexto de la pandemia. ¿Qué tipo de economía hemos construido que nos lleve a plantearnos: la economía o la vida? ¿Qué tipo de consumo y de producción estamos construyendo?, se pregunta Gabriela Montalvo. Y  se responde: tenemos un Estado que no protege a sus artistas, quienes han llegado a la extrema necesidad de la súplica. Se ha legalizado la explotación que borra sin más las conquistas laborales y los derechos culturales. Y Montalvo, y el Encuentro, hacen un quiebre importante: la feminización de la actividad productiva artística. Trabajamos en casa pero con una disponibilidad contínua; y lo mas grave, sin remuneración.

La precariedad es tal que, según el reconocido artista Igor Icaza, más del 50% de los músicos que conoce están dedicados -para sobrevivir- a otras actividades que nada tienen que ver con el arte. Es la dura realidad. Los gobiernos locales tampoco han asumido su responsabilidad frente a la cultura, y han transferido los escasos presupuestos de cultura para otros temas vinculados a la emergencia, lo que revela una total ignorancia respecto al rol de la cultura y el arte en tiempos de pandemia. Este mismo desconocimiento se refleja en la sociedad que, en general, se ha negado a reconocer la actividad artística como un trabajo que debe ser remunerado.

Y he aquí otro tema importante que, con lucidez, fue abordado en el mencionado Encuentro, el valor social del arte.  Es necesario saber que existe un tiempo para la productividad y un tiempo para la creatividad, recalca Montalvo. Aquí surge la economía feminista, que se basa en el cuidado, en el humanizar las relaciones productivas. Las exigencias de productividad generan en el cuerpo angustia y ansidedad. Y miedo. La respuesta debe ser el cuidar y el sanar. Y para ello es necesario una empatía social.  Es necesario que la sociedad reconozca el valor de la actividad cultural; que no todo es mercado y productividad; que hay un trabajo que beneficia a todos y debe no solo ser entendido sino agradecido. Pero en un modelo neoliberal excluyente y depredador, incluso,nos dice Montalvo, el cuidado se pretende privatizar.

En el Encuentro también varios colectivos agrupados en Mujeres en las artes emitieron un pronunciamiento público, en el cual cuestionan las prácticas que “feminizan” el trabajo cultural: “aquellas que desvaloricen, oculten y precarizen los aportes de mujeres y sujetos feminizados en el campo del arte, bajo el discurso que asume estos trabajos como cuidados “naturales”, hechos por puro “amor al arte”, encubriendo que estos trabajos sostienen la producción (PIB), aunque la recepción de sus beneficios haya quedado, históricamente, en un grupo reducido de sujetos autorizados.”

Efectivamente, en medio de condiciones tan adversas para el ejercicio artístico, la constante pauperización, y un gobierno indolente, la resistencia debe ser el cuidarnos “cara a cara, cuerpo a cuerpo.” Y transformarnos; abandonar el individualismo, los egos que nos envilecen y tejer, honestamente, nuevas formas de relaciones productivas y creativas, que prioricen los afectos y humanicen nuestras vidas. (O)

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